jueves, 6 de diciembre de 2007

MICHEL HOUELLEBECQ EN BUENOS AIRES.

El gran incorrecto
El escritor francés, autor de Las partículas elementales, se defiende de las acusaciones de xenofobia y misoginia y plantea que la cultura de los ’60 fue disparadora de una visión cínica de la vida.

Por Silvina Friera(para página 12)

El escritor francés más célebre del mundo, Michel Houellebecq, dice lo que piensa sin pensar en lo que provocará. De paso por Buenos Aires, el polémico autor de corrosivos tratados sobre las sociedades contemporáneas como Ampliación del campo de batalla y Las partículas elementales ofreció una conferencia de prensa ayer al mediodía en la sede de la Alianza Francesa, y por la tarde dialogó con Alan Pauls sobre cómo la cultura norteamericana domina al mundo. “Vine a la Argentina porque recibí muchos e-mails de lectores interesados en mí, y eso me gusta”, confesó. “Argentina no es un país que tenga muchos clichés asociados, por lo que para un europeo promedio es un país bastante misterioso. Brasil o Colombia evocan inmediatamente imágenes.” Quizá por su modo de hablar, pausado, como si estuviera cansado, parecía confirmar su imagen de hombre depresivo que se defiende escribiendo, pero también hablando. Acaso resignado a que le digan que es xenófobo, nihilista, misógino, misántropo y provocador, Houellebecq demostró que sus mejores armas son la incorrección –el francés que cuestiona los pergaminos de la generación del ’60 y el mito del ’68– y la ironía.
“Desde los quince años, tengo la impresión de vivir en una sociedad que no ha cambiado”, afirmó el escritor. “La literatura no cambia el mundo, simplemente puede describirlo; lo que cambia el mundo son textos como las Epístolas de San Pablo, El Corán y El Manifiesto Comunista, pero no las novelas.” Houellebecq –nacido en 1958 en la isla francesa Reunión– dijo que espera de un libro poder leer una descripción del mundo. “No sé por qué el mundo es más agradable cuando uno lo descubre mejor.” Sobre su segunda novela, Las partículas elementales (1998), que vendió 500.000 ejemplares en Francia, admitió que hay un elemento claramente autobiográfico. “Es el momento en que Michel es invitado por su doctor de tesis para que haga una carrera como investigador. Muchas veces pensé que podría haberme convertido en biofísico o bioquímico, porque efectivamente me lo propusieron. Muchas otras cosas no son autobiográficas, pero me gusta imaginar el destino que habría tenido.”
De pantalón claro y camisa amarilla, el autor de La posibilidad de una isla parecía meditar antes de responder cada una de las preguntas. “La falta de amor nos hará libres. Cuando uno ama pierde libertades, es evidente; incluso Nietzsche tiene razón cuando dice que el filósofo casado pertenece al registro de la comedia –recordó, generando las primeras carcajadas entre los periodistas–. Uno es más libre cuando está solo.” Respecto del periodismo señaló que percibe una insuficiencia. “Los periodistas están confrontados con un mundo difícil de entender”, subrayó el escritor. “La tecnología desempeña un rol eminente, pero nadie puede explicarla porque no entiende el tema. Lo mismo pasa con la economía –comparó–. Para un lector extranjero, Argentina parecía que era un país rico de Sudamérica que de pronto se convirtió en pobre. Leí muchos artículos, pero no entendí nada; las explicaciones se contradecían. La economía y la tecnología son dos cuestiones sobre las que la gente no entiende nada, y, sin embargo, gobiernan el mundo. Yo no logro ser competente en esos temas.”
Aparte de Borges, Houellebecq admitió que leyó La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares. “Sobre autores más recientes no conozco gran cosa, pero cuando un país ha sido literariamente importante, ese impulso no se detiene con facilidad.” El autor francés rechazó el hecho de que se considere a la del escritor como una profesión. “Cada vez que escribo un libro me digo: ‘Esta vez va a ser el último, voy a poner todo lo que tengo...’ y eso es todo lo contrario de una profesión”, advirtió. Con un tono burlón, asumió que no se considera una personalidad afirmada. “Soy vago y contradictorio en la vida cotidiana. Estoy aquí haciendo un esfuerzo por responder porque son periodistas de muy buen nivel, comparado con otros países, y eso me llama la atención.” Claro, después del elogio, una periodista se animó a preguntarle si se consideraba xenófobo y misógino. “No creo ser xenófobo; misógino, puede ser, pero no desprecio a las mujeres. Lo más penoso del tema es que cambio de parecer con frecuencia. En realidad, me contradigo bastante”, reconoció el escritor. “Las mujeres muy femeninas y encantadoras me molestan un poco, pero cuando veo a las alemanas, que rara vez se rasuran las axilas, me digo que es bueno que las mujeres hagan el esfuerzo por ser bonitas y femeninas”, ejemplificó.
El escritor cuestionó la generación de los ’60 porque tiene la tendencia a sobrevalorar sus propios objetivos. “En esos años se desarrolló cierto cinismo que fue revestido o disfrazado de combate libertario, pero que en realidad fue el comienzo de una visión cínica de la vida”, planteó Houellebecq. “Cuando pienso en los ’60, tampoco me parece correcto presentar a esa generación como marxista-tercermundista; había pocos, pero como hablaban mucho, se hacían oír”, criticó el escritor. “La mayoría desarrolló la actitud de los consumidores cínicos e indiferentes a los otros. Por eso me resulta muy extraño cuando esas personas dicen que era una generación maravillosa e idealista. Yo no me di cuenta.” También rechazó el mito del ’68. “El Mayo Francés no tuvo mucha importancia. Imaginen un mundo donde hubiera existido el rock y la píldora, y el resultado sería el mismo.”
Según el autor de Las partículas elementales, el movimiento revolucionario del siglo XIX y XX es el capitalismo, “que ha destruido todas las estructuras, incluida la familia y la pareja”. “Hay una página de (Alexis) de Tocqueville en La democracia en América donde escribió que quería imaginar lo que bajo los rasgos del despotismo podría producirse en el mundo. Es una página superior que describe la sociedad contemporánea, y es de 1820”, recordó Houellebecq. Consultado sobre la última portada de la revista Time, en la que se anuncia que la cultura francesa está en vías de extinción, Houellebecq sostuvo que esa idea no es del todo falsa. “La cultura alemana y la italiana también han ido desapareciendo. En España, rara vez he visto una publicidad de una película que no sea norteamericana”, agregó el autor. “Lo que pasa es que Francia se las arregla mejor que otros países; tenemos Dj mundialmente célebres y algunos buenos escritores, pero el dominio de la cultura norteamericana sobre el conjunto del mundo es evidente. La gran fuerza, más allá del dinero, del proteccionismo interno y del sostén a las exportaciones, es que ellos creen en su propia superioridad y terminan por convencer a los otros. En cambio, los franceses se enroscan en contemplaciones masoquistas de su propia decadencia, lo que es bastante deprimente. Los franceses son personas angustiadas e inquietas sobre el futuro europeo, y sin embargo se siguen reproduciendo, cosa que no hacen en España o Alemania.”